El teniente Luksic y el pelotón de los “Pistola de palo”

Hace dos semanas, el empresario Andrónico Luksic ascendió a teniente del Ejército. Lo hizo junto a otros 15 empresarios y gerentes que en el 2007 participaron de un inédito programa de entrenamiento para ser parte de los oficiales de reserva. En estos años, han participado de campañas por todo Chile, de instrucciones teóricas sobre la institución, y algunos han establecido convenios laborales para exconscriptos y soldados de alto rango. Una historia que da cuenta cómo el mundo castrense comenzó a relacionarse con el privado, un maridaje que hoy es mirado con desconfianza. “Si uno indaga quiénes están en estos clubes de reservistas te vas a encontrar con que hay una relación súper incestuosa entre empresarios, políticos y militares”, critica el diputado de la DC Gabriel Silver.

La primera vez que el empresario Andrónico Luksic Craig vistió el traje de etiqueta del Ejército de Chile, fue el 11 diciembre de 2007. Llevaba gorra y pantalón gris, y una chaqueta blanca con once botones dorados. En el cinto, su mano izquierda cargaba una réplica de la espada de Bernardo O’Higgins, y en su puño traía enrollado un reloj Rolex. Marchaba con solemnidad, a paso regular, mientras una banda entonaba una canción militar en el Patio Alpatacal, en la Escuela Militar, el mismo lugar en el que un año antes se había realizado el funeral de Augusto Pinochet.

Luksic iba acompañado de otros 16 empresarios y ejecutivos de distintas compañías, entre los que estaban Pablo Irarrázaval, que en ese tiempo era presidente de Enersis y de la Bolsa de Comercio, Alfredo Moreno, vicepresidente de Dersa, y Francisco Vidal, que recién había debutado como ministro de Defensa de Michelle Bachelet. Salvo este último, por su rol público, todos los otros vestían igual. El grupo entero se conocía de las actividades y reuniones del área privada, pero desde hacía más de cien días que venían compartiendo en el Curso de Aspirantes a Oficiales en Reserva (CAOR), al que el Ejército los había invitado.

Para ese día, cuando se graduaron de alférez, el primer paso en la carrera militar, el selecto escuadrón ya había recibido una incipiente instrucción castrense: soportaron ejercicios tácticos en el norte, aguantaron tres horas adentro de un iglú en la montaña, dispararon fusiles de guerra, manejaron un tanque, y se arrastraron en punta y codo por debajo de un enorme vehículo blindado, ritual inicial que los dejó listos para su primer grado. La instrucción más importante, sin embargo, fue la que recibieron de parte del propio Comandante en Jefe Óscar Izurieta, y el segundo hombre a bordo, el entonces Jefe del Estado Mayor Juan Miguel Fuente-Alba, que un par de años más tarde se convertiría en la máxima autoridad. Ellos les hablaron de cómo se estructuraba el Ejército a lo largo del país, de la corta vida útil del soldado, y de los bajos sueldos de la institución.

“Yo, alférez, juro por Dios y por esta bandera, servir fielmente a mi patria, ya sea en mar, en tierra o en cualquier lugar, hasta rendir la vida si fuese necesario”, recitaron con fuerza los 17 soldados ese día, mientras sostenían la espada desenvainada en dirección al estandarte nacional. Frente a ellos, el alto mando y los familiares de los nuevos oficiales de reserva tomaban fotografías del inédito momento: la primera graduación militar de empresarios, ejecutivos y políticos destacados. Un pelotón que no sólo era dueño de una importante porción del Producto Interno Bruto, sino que también formaba parte de una influyente red. Aquella tarde, el discurso que pronunció Izurieta dejó a varios reflexionando sobre la experiencia que habían vivido: “nosotros somos felices y no es cierto que ganamos poco. Ganamos mucho, pero nos descuentan tanto por ser felices que terminamos ganando poco”, les dijo en tono jocoso. La investidura, que por la edad de los aspirantes bien podría haber sido una ceremonia de retiro, fue el origen de una emergente relación entre el mundo castrense y el privado. También, el nacimiento de un nuevo apodo: “Los pistolas de palo”, les apodaron al interior del Ejército..

LA INSTRUCCIÓN Y LAS REDES

Francisco Vidal no se veía hace 40 años con Fuente–Alba, cuando éste lo llamó en agosto de 2007 para contarle que su jefe, el general Óscar Izurieta, quería formar un grupo de importantes empresarios y ejecutivos para que fueran aspirantes a oficiales. No había que rendir pruebas especiales, ni tampoco pagar por la inscripción. El proyecto sedujo a Vidal. Era un hecho público que al exvocero del gobierno de Ricardo Lagos, que entonces era el máximo jefe de TVN, le atraía la carrera militar. A fines de la década de los 60 había sido cadete, y esa cualidad, sumada a las redes políticas que manejaba, habían fijado la atención del Comandante en Jefe.

Para entonces, Fuente-Alba ya había reclutado a un selecto grupo de chilenos influyentes que habían aceptado la invitación. Gente de los más diversos rubros, casi todos con un denominador común: hombres de negocios, gerentes en su mayoría. Además de Luksic, Irarrázabal, y Moreno, el Ejército había convocado a Rodrigo Wood, gerente de la Coca Cola, Pablo Granifo del Banco de Chile, Enrique Cibié de Masisa, José Miguel Donoso de Classik Car, Jorge Bunster de Copec, Alfonso Straub de SMB Factori, Rafael Errázuriz de INFOCOM, José Martínez de la Bolsa de Comercio, y Guillermo Munizaga de SIAL. Además de un abogado, un arquitecto, un empresario agrícola y uno ligado a la industria de los cosméticos. En total, 17 personas que tuvieron su primera reunión el 23 de agosto de ese año en el Club Militar.

Para que se animaran a entrar, el Ejército tuvo que crear un programa especial y hacer ciertas concesiones. La primera fue establecer que las clases sólo serían los sábados y que durante el año tendrían que cumplir con un mínimo de 312 horas, repartidas durante toda la temporada. La segunda fue que la instrucción física no sería con la misma intensidad de un entrenamiento normal. Y la tercera, que por primera vez en la historia de la institución la barba estaba permitida. Los aspirantes Moreno y Luksic se convirtieron así en los primeros soldados barbones, un privilegio estético que hasta ese momento sólo estaba permitido para los funcionarios de la base Antártica.

-Las actividades estaban basadas en el conocimiento de la institución. Nos explicaron todas las divisiones y las reparticiones del país. Es un curso que va interiorizando a los aspirantes en el Ejército. También hay instrucción física, pero es suave, porque todos éramos mayores de 50 años –recuerda Francisco Vidal, a quien durante una campaña en la Escuela de Montaña de Río Blanco le tocó pasar tres horas adentro de un iglú con Alfredo Moreno de compañero.

Vidal recuerda que era complicado coordinar los horarios y que la mayoría tenía que hacer esfuerzos para llegar. Él mismo, dice, tuvo que salir del ministerio de Defensa un fin de semana para ir a una instrucción. A Pablo Granifo, del Banco de Chile, le pasó lo mismo, cuando tuvo que dejar en suspenso las negociaciones por la fusión con el Citibank y regresar desde Nueva York a Santiago por dos días para ir a una campaña en el Regimiento Cazadores de Iquique, la última instrucción en terreno del curso. Allá, los 17 aspirantes realizaron un simulacro de guerra, y se desempeñaron como francotiradores, tripulantes de tanques, y dispararon fusiles, lanzacohetes, y ametralladoras Punto 50, para luego obtener el diploma “Cazadores del desierto”. De regreso en Santiago, el grupo completo se juntó en el Hotel Sheraton San Cristóbal para celebrar. Dos semanas después se graduaron de alférez, grado que en caso de guerra les permite dirigir hasta 30 soldados.

Durante el 2008, el Ejército repitió la experiencia y formó la segunda camada de oficiales de reserva. Estaban allí el ex ministro de Vivienda Edmundo Hermosilla, el presidente del CNTV Jorge Navarrete, y el presidente de Cristalerías de Chile Baltazar Sánchez, entre otros. Paralelamente, la primera generación siguió perfeccionándose y dos años después, en agosto de 2009, los pioneros alféreces ascendieron a subteniente. Días antes de aquella ceremonia, el general Óscar Izurieta les hizo un reconocimiento en las oficinas del diario El Mercurio, lugar al que fueron invitados para que contaran su experiencia: “El país tiene que saber que esta gente, que está en el top del empresariado, es aperrada, humilde, sencilla y austera. Se mete en la tierra y comparte con el conscripto”, dijo en aquella ocasión. Al terminar la reunión, Alfredo Moreno, quien había estado en la primera ceremonia cuando Izurieta habló de los bajos sueldos, contó cómo en estos dos años de instrucción había descubierto un mundo que desconocía: “Miras a un general o a un coronel y es una persona que podría ser un desatacadísimo presidente de un banco o un gerente de una gran empresa, y que sin embargo tiene sueldos súper modestos, y jubilan a los 50 o 55 años, cosa que nosotros en el sector privado no tenemos que vivir”.

En agradecimiento, el curso donó un mural del Combate de La Concepción que pusieron en la estación Los Héroes de la línea uno del Metro. Según El Mercurio, meses después las redes creadas en el 2007 comenzaron a funcionar, cuando Rodrigo Wood, gerente de Embonor, firmó un acuerdo para incluir a exconscriptos en la cadena de producción y distribución de la Coca Cola. Por ese tiempo, en marzo de 2010, Francisco Vidal fue convocado por Juan Miguel Fuente-Alba, que ya era Comandante en Jefe, para integrar el Consejo Asesor Sobre Estudios e Investigaciones Militares, una especie de directorio consultivo en el que se daban asesorías verbales y por el que hoy se ha visto cuestionado. Allí también estaba Jorge Navarrete, aspirante graduado en la promoción de 2009.

Según respondió el Ejército, es habitual que, luego de graduarse, los reservistas realicen asesorías en altas reparticiones, participen en seminarios, y den charlas sobre sus experiencias. Así mismo, que ayuden en las distintas actividades organizadas por el área “Ejército y sociedad”, donde han prestado colaboración en operativos que van en beneficio de la comunidad.

DISCRIMINACIÓN
Era el 27 de febrero de 2010, en pleno caos por el terremoto, cuando una imagen se volvió viral en los medios de comunicación. En ella aparecía Nicolás Ibáñez, el entonces dueño de los supermercados Líder, vestido con traje de infante de marina. Desde hacía varios años, que el empresario era miembro de la Reserva naval de yates, grupo similar al que el Ejército había creado en el 2007. El hecho, le costó una amonestación en su hoja de vida por salir sin autorización, y el diputado de la DC Gabriel Silber pidió que formalmente el ministerio de Defensa le ordenara a las Fuerzas Armadas dar explicaciones sobre estos cursos. “Si uno comienza a indagar quiénes están en estos clubes de reservistas te vas a encontrar con que hay una relación súper incestuosa entre empresarios, políticos y militares”, critica el parlamentario.

Lo que más le preocupaba a Silber era que las instituciones aclararan los procesos de ingreso, situación que a su juicio era una discriminación. “Acá se buscaba tejer redes con las elites, con el financiamiento de todos los chilenos y, lo que es peor, sin que esto se haga bajo ningún argumento militar. Al final del día, esto encapsuló más a las Fuerzas Armadas”, agrega.

El Ejército, sin embargo, no respondió a estos cuestionamientos. Por el contrario, ese año comenzaron la formación de la cuarta generación de aspirantes, a la vez que inauguraron un mural llamado “Laureles al libertador” en la Estación Escuela Militar, obra que los alféreces de la generación 2009 dejaron en agradecimiento. La pintura costó 14 millones de pesos y fue realizada por el artista Guillermo Valdivia. En la inauguración, el ex ministro de Defensa de la época, Jaime Ravinet, valoró el acercamiento al mundo civil que había hecho la institución. “El Servicio Militar está orientado a sectores populares y es muy buena idea que las fuerzas armadas se abran a los sectores medios y altos a través de estos cursos. Más que un aporte de Luksic al Ejército, esto es un aporte para él, porque le debe haber servido para adelgazar y mantenerse en forma. Adicionalmente, una persona con la experiencia y las redes de Andrónico, yo lo quisiera tener en cualquier grupo, no seamos provincianos”, recuerda hoy el excolorín.

Los detractores, sin embargo, no han logrado que el Ejército cambie su programa de ingreso, ni menos que se transparenten los objetivos. Hasta fines del año pasado, el número de hombres y mujeres de negocios que habían pasado por la instrucción superaba los 150. La clase de Luksic, Irarrázabal y Moreno sigue liderando los grados. El 2 de mayo pasado, luego de subir a Youtube una autoentrevista en la que le respondía los insultos que el diputado Gaspar Rivas había dicho días antes, Luksic y todo su curso de 2007 fueron condecorados con un nuevo rango: ahora son tenientes.

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