Fernando Salinas, Ecologista.

El pasado 17 de abril la Cámara de Diputados aprobó la incorporación de Chile al TPP11 (Trans-Pacific Partnership), por un estrecho margen. Queda ahora el trámite en el Senado. Los argumentos que se dieron, una vez más, se concentraron en que ello traería un incremento del comercio entre los países firmantes y, como consecuencia de ello, un beneficio para Chile. En cualquier caso, el beneficio no sería tanto, ya que actualmente tenemos acuerdos comerciales con casi todos los países firmantes. Sin embargo, todo tratado comercial también tiene costos y restricciones, y hay dos de ellos que revisten especial importancia. 

El primero ha sido muy bien expuesto por el connotado economista chileno, profesor de la Universidad de Cambridge, José Gabriel Palma, donde se apunta al hecho de que el corazón de este tratado fue diseñado y promovido por las corporaciones transnacionales para impedir que las políticas públicas de los Estados miembros del tratado, las perjudiquen. Cuál es el mecanismo: al momento de firmar el tratado se fija el estado de desarrollo del país en las distintas áreas de la economía y cualquier modificación que se realice en alguna área con posterioridad a la firma, en donde una corporación transnacional se sienta perjudicada, ésta puede acudir a tribunales especiales -distintos de los tradicionales- para que el Estado demandado compense económicamente a la corporación. Por ejemplo, si Chile firma el tratado y posteriormente desea establecer una política pública que desarrolle la industrialización en cierto sector en el cual hoy no hay desarrollo, podría ser demandado y eventualmente obligado a resarcir el efecto que ello podría tener en los beneficios de las corporaciones afectadas.

Pero hay un costo de mucho mayor alcance, que se relaciona de manera directa con los efectos que va a tener en el mundo el cambio climático. El informe de las Naciones Unidas sobre el cambio climático (IPCC) del pasado 8 de octubre revela clara y contundentemente que el colapso ecológico planetario es inminente si no realizamos cambios urgentes y profundos en nuestro sistema de producción y consumo, específicamente en el área de la energía, la agricultura, el transporte, los procesos de producción, etc. Y queda claro también en el informe que, aunque hagamos todo lo necesario -lo que es incierto en estos momentos-, igual se afectará gravemente la estabilidad del clima con todas las consecuencias que ello tendrá en el suministro de agua y producción de alimentos, en la salud, la seguridad, la empleabilidad y otros tantos aspectos sociales. En el caso más extremo, está en juego la sobrevivencia de la especie humana.

Si alguien cree que Chile puede abstraerse de este problema global está profundamente equivocado, más aún, Chile tiene un problema adicional: una economía abierta, dependiente del resto del mundo, orientada a la exportación de materias primas, sin industrialización y el record mundial en tratados de libre comercio que nos obligan jurídicamente. Todo lo opuesto a la visión ecológica que deberíamos tener frente a la dramática situación que tendremos que afrontar. La ecología nos insta a una producción sustentable y local, con un Estado que sepa resguardar los recursos naturales e incentivar nuevos procesos de producción, en el marco de una economía circular. Ello está en manifiesta oposición al TPP11, que prioriza los intereses de las grandes corporaciones, las cuales son totalmente insensibles a la huella ecológica que produce el comercio internacional y a los efectos que el cambio climático producirá en cada país. Incluso -y éste es uno de los aspectos más graves- se permitirá la privatización de las semillas, lo cual afectará directamente nuestra soberanía alimentaria.

Debemos aceptar que estamos en una crisis sin precedentes, donde todos los escenarios futuros son peores que la situación actual, por lo que necesitamos un Estado preparado para la incertidumbre que enfrentamos, donde se requiere soberanía, solidaridad y flexibilidad. Debemos reinventar con urgencia y decisión nuestra economía y hacer cambios profundos en las áreas forestal, agrícola, pesca, minería, transporte e industria, sin intervención de las grandes corporaciones que buscan maximizar sus utilidades y valoran a la naturaleza solo como insumo productivo, sin considerar que todo aquello que le suceda a ella, nos sucederá a nosotros. 

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