La edad maldita

El único animal mortal es el hombre, dice Jorge Luis Borges en El Aleph y lo dice porque es justamente el humano  –el único hasta donde sabemos- que tiene conciencia de su propia muerte. Esa conciencia es la que lo atormenta y le hace caer en innumerables errores. Así es, porque cada acto del ser humano está cruzado por esa conciencia de muerte, por esa tensión permanente en el alma que lo lleva de cuando en cuando a preguntarse por su vida y su destino. Y llegada una cierta edad brota la pregunta inevitable: ¿cuál es mi destino? ¿Por qué estoy aquí? De algún modo la persona se pregunta por qué en un universo infinito de posibilidades negativas se dieron las casualidades, coincidencias, la mano de Dios,  para nacer y estar aquí y ahora. Y tras ello las preguntas filosóficas que buscan otorgarle un sentido a la realidad siempre difusa y cambiante. Y todavía más, la búsqueda incesante de la felicidad se cruza a cada rato con cuestionamientos del tipo deber ser, qué es lo que se espera de nosotros o qué esperamos nosotros mismos de nuestro andar por el mundo, así a secas.

En una sociedad de consumo en la que todos luchan por “venderse”, por “mostrarse”, por consumir a destajo, por pasar sobre los demás, sin que parezca que eso es posible, la vida se pasa en un suspiro. Y lo realmente importante queda de lado, pasa apenas cerca de nosotros, miramos con el rabillo del ojo la vida, porque confundimos vivir la vida con aparentar vivirla. Y en esta cultura de apariencias, cuyo mayor reflejo actual es el Facebook, donde todos publican sus comidas, sus viajes, la mayoría de las veces sus alegrías y pocas sus penas, olvidamos la pregunta inevitable, que si te la tomas en serio puede cambiar tu vida. Porque no hay nada más general en los seres humanos que ser recordado una vez desaparecidos de esta dimensión y esa imagen la construimos cada día y en cada acción.

Pero es más fácil y más sano deberíamos decir, concentrarse en lo inmediato, en lo cercano, en lo que tenemos aquí y ahora. La acumulación de bienes, la cultura de la apariencia, el capitalismo siempre salvaje, a pesar de sus ropajes y camuflas está allí y lo domina todo, incluyendo por cierto nuestros gustos, nuestros afanes diarios, nuestra mente y cuerpo.

En los sesenta los jóvenes gritaban “paren el mundo que me quiero bajar”, frase simbólica que hoy podría traducirse como “paren el mundo que me quiero subir”, porque nadie quiere quedarse fuera de la sociedad de consumo que todos critican, pero bien que les viene el dinero y sus consecuencias. Y mientras pasan estas situaciones diarias a cada uno de nosotros dejamos de lado vivir, porque vivir no es aparentar vivir, auto engañarnos buscando resquicios argumentales para aparecer frente a los demás. Al final en nuestro interior todos sabemos para qué y por qué estamos aquí, esa lucha interior sólo se salda el día de nuestra muerte, cuando los cuestionamientos y todo el mundo muere junto a nosotros.

El destino, el futuro, la conciencia, el ser y el deber ser son sólo conceptos, nosotros los llenamos de sentido, porque la confusión y el desorden mental son parte intrínseca del ser humano, los únicos mortales.

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