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AYSÉN: ENTRE JAUJA, SODOMA Y EL PROCESO

Víctor Reyes4 min de lectura

En la antigua literatura española se hablaba de la tierra de Jauja como un lugar extraordinario: allí abundaba todo, nadie necesitaba esforzarse y las consecuencias parecían no existir. Con el tiempo, la expresión “esto es Jauja” comenzó a utilizarse para describir aquellos espacios donde algunos actúan como si todo estuviera permitido, los recursos fueran inagotables y nadie tuviera que rendir cuentas.

A veces, al observar lo que ocurre en Aysén, pareciera que determinados círculos de poder hubieran convertido la región en su propia Jauja.

Se acumulan denuncias, investigaciones, sospechas sobre el uso de recursos públicos, cuestionamientos a autoridades y procedimientos que se prolongan durante años. Algunas personas abandonan sus cargos; otras continúan ejerciéndolos. Unos aparecen reiteradamente mencionados en causas y controversias, mientras la ciudadanía espera explicaciones comprensibles y resultados concluyentes.

No corresponde declarar culpable a quien no ha sido condenado. Pero la presunción de inocencia tampoco puede utilizarse como una orden de silencio ni como una excusa para evitar el escrutinio público. Una democracia responsable debe investigar, informar y resolver dentro de plazos razonables.

Cuando la supuesta Jauja deja de ser solamente el territorio de los privilegios y comienza a instalarse la indiferencia frente al daño causado, aparece una segunda imagen: Sodoma y Gomorra.

Estas ciudades bíblicas no representan únicamente el libertinaje con el que habitualmente se las relaciona. También simbolizan la soberbia, el abuso, la despreocupación y la incapacidad de escuchar el clamor de quienes exigen justicia. El problema no consiste solamente en que ocurran hechos graves, sino en que una comunidad termine acostumbrándose a ellos.

Cada nuevo escándalo provoca indignación durante algunos días. Luego llega otro. Las investigaciones se fragmentan, los expedientes crecen y las responsabilidades se diluyen. Lo extraordinario se vuelve cotidiano. La pregunta deja de ser “¿cómo pudo ocurrir esto?” y se transforma resignadamente en “¿qué ocurrió ahora?”.

Y entonces Aysén deja de parecerse a Jauja o a Sodoma y comienza a adquirir la forma inquietante del mundo de Franz Kafka.

En El proceso, Josef K. queda atrapado en una maquinaria judicial que no comprende. Desconoce claramente la acusación, no sabe quién toma las decisiones y nunca consigue acceder a una explicación completa. El procedimiento avanza, pero la verdad parece alejarse. La burocracia no conduce necesariamente a la justicia: termina reemplazándola.

Algo semejante siente una parte de la ciudadanía cuando una denuncia presentada en 2018 sigue generando interrogantes en 2026. Ocho años pueden ser explicados mediante recursos, diligencias, competencias, reaperturas y nuevas aristas. Sin embargo, para la comunidad, ocho años continúan siendo ocho años.

Lo más perturbador del universo kafkiano es que la severidad no siempre cae sobre quienes poseen mayor poder. La maquinaria puede mostrarse implacable con el ciudadano común y extraordinariamente lenta ante quienes cuentan con influencias, recursos o redes de protección.

Allí aparece la historia que debe investigarse y documentarse rigurosamente: la de un mecánico que habría terminado privado de libertad porque era necesario encontrar rápidamente a un responsable. Según ese relato, habría sido arrastrado por un procedimiento que apenas comprendía, mientras personas con mayores responsabilidades permanecían fuera del alcance de una sanción o enfrentaban procesos interminables.

No se debe presentar esa historia como un hecho probado sin revisar el expediente, las resoluciones y la sentencia correspondiente. Pero, de confirmarse, constituiría una imagen profundamente kafkiana: el hombre común aplastado por una justicia que necesita mostrar eficiencia, mientras los poderosos disponen de tiempo, contactos y defensas para prolongar indefinidamente sus causas.

La verdadera pregunta, por tanto, no es si en Aysén existe justicia. Tribunales, fiscales, defensores y procedimientos existen. La pregunta es otra:

¿La justicia actúa de la misma manera, con la misma rapidez y con el mismo rigor frente a todas las personas?

Porque la justicia que tarda demasiado puede terminar perdiendo su significado social. Una investigación eterna no absuelve ni condena, pero desgasta la confianza pública, debilita la memoria y favorece a quienes esperan que el paso del tiempo convierta el escándalo en olvido.

Aysén no necesita condenas anticipadas ni acusaciones sin pruebas. Necesita investigaciones independientes, plazos razonables, transparencia y responsabilidades claramente establecidas.

De lo contrario, seguiremos transitando desde Jauja —donde algunos parecen actuar sin consecuencias— hacia Sodoma —donde la comunidad se acostumbra a la indiferencia— para terminar finalmente en Kafka: atrapados dentro de un proceso interminable, esperando una explicación que nunca parece llegar.
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Víctor Reyes
Redacción · 15 de julio de 2026

Comentarios (3)

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  • Lectora de Coyhaique

    Excelente cobertura. Ojalá se profundice en el impacto para las comunidades.

    • Redacción Viento Patagón

      Gracias por leernos. Estamos preparando una segunda entrega con ese foco.

  • Vecino de Aysén

    Tema clave para la región. Importante seguir informando con rigor.