El Fanta Coyhaiquino
La historia suele repetirse en la política, aunque acá sea un símil de la historia y cambie el actor…

La historia política chilena conoció a un personaje siniestro apodado “El Fanta”: Miguel Estay Reyno, un antiguo militante comunista que terminó colaborando con los organismos represivos de la dictadura, identificando y entregando información sobre quienes alguna vez habían sido sus propios compañeros.
Desde luego, las épocas, los hechos y sus consecuencias no son comparables.
Nadie está afirmando que hoy se estén cometiendo aquellos crímenes.
Pero la historia también sirve para reconocer ciertas conductas políticas que, guardando todas las proporciones, parecen sobrevivir disfrazadas con traje, teléfono celular y fotografía protocolar.
En nuestra Patagonia apareció una versión mucho más pequeña, pintoresca y provinciana: el Fanta Collaquino.
No usa capucha. Ahora basta con una publicación en redes sociales.
No necesita un centro clandestino.
Le alcanza con apuntar públicamente con el dedo a funcionarios sometidos a un sumario, como si una investigación administrativa fuese una sentencia y como si él hubiera sido nombrado, al mismo tiempo, fiscal, juez y verdugo comunicacional.
Después viaja a Santiago, entra al Ministerio de Vivienda, estrecha la mano de un ministro del Gobierno de ultraderecha y posa para la fotografía correspondiente. Oficialmente, asegura que fue a gestionar soluciones para Aysén.
Puede que algunas materias regionales hayan estado sobre la mesa.
Sin embargo, observando el despliegue comunicacional, queda la legítima impresión de que la gestión más urgente era conseguir una fotografía que dijera:
“Miren, todavía me reciben los poderosos”.
Es la antigua política del personaje que necesita demostrar una influencia mayor que la que realmente posee. Habla como propietario de la mesa, aunque apenas le hayan acercado una silla plegable. Se presenta como protagonista de las decisiones nacionales, cuando muchas veces solamente ha sido invitado para completar la fotografía.
Ya ocurrió durante Piñera 2: mientras compañeros y compañeras quedaban abandonados en el camino, él procuraba conservar un lugar cerca de quienes administraban el poder.
No necesariamente dentro del círculo, por supuesto, pero sí lo suficientemente próximo como para aparecer en la foto y recoger alguna migaja política.
Porque esa es la tragedia del Fanta Coyhaiquino: cree que sentarse unos minutos cerca de los poderosos lo convierte en uno de ellos.
Pero nunca será dueño de la mesa.
A lo más, será el invitado ocasional que sonríe, agradece el café, obedece el protocolo y después regresa a la región proclamando que prácticamente redactó las instrucciones ministeriales.
Y cuando necesita recuperar protagonismo, vuelve a señalar personas en sus redes sociales, ventilando sumarios todavía inconclusos y confundiendo deliberadamente una investigación con una condena.
No gobierna, pero posa.
No decide, pero anuncia.
No pertenece a la mesa, pero presume conocer el menú.
La historia no se repite exactamente.
A veces se achica, se vuelve caricatura y termina publicada en Facebook.
Así nace el Fanta Colyhaquino: menos temible que su antecedente histórico, pero igualmente dispuesto a cambiar la lealtad por una fotografía, la prudencia por protagonismo y la dignidad política por unos minutos al lado del poder.
Porque hay quienes luchan para cambiar el poder y otros que solamente luchan para que el poder los invite a sacarse una foto.
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